Madrid, marzo de 2012
Trato de contar alguno de los muchos recuerdos que guardo desde que vine a este mundo. Tan sólo alguno, que no se trata de contar toda mi vida al detalle, cual biografía al uso. Recuerdos que me vienen a la cabeza, aquí y ahora, en este momento. Quiero contar estos recuerdos tomando como base cada uno de los hogares en donde he vivido desde que nací hace más de 55 años.
Así que si me lo permiten comenzaré por la ciudad de Cartagena, en la provincia de Murcia, lugar donde vine a este mundo en la mañana del 18 de agosto de 1956.
Nací en casa de mis abuelos maternos, en el seno de una familia media tradicional. Mi padre, Ricardo, hoy jubilado, fue siempre un honrado trabajador de banca y mi madre, Loli, sigue siendo un ama de casa incansable. En esta misma casa nacieron también tres de mis cuatro hermanos, María, Manolo y Julio.
No viví demasiados años en Cartagena, pues mis padres se trasladaron a principios de los 60 a Madrid, siguiendo la estela de su familia, pero si guardo algunos recuerdos muy intensos.
Como las trastadas de mi querido hermano Manolo, que cuando no destrozaba todo lo que se encontraba a mano, me daba un martillazo en la cabeza o tiraba los zapatos de la familia por el mirador. La de explicaciones que habrá tenido que dar mi madre o mi abuelo Manolo a los transeúntes a quienes les caían encima.
También recuerdo cuando entre mi hermano Manolo y yo le cortábamos, o al menos lo intentábamos, el rabillo de la boina a mi tío-abuelo Luís, mientras éste se fumaba tranquilamente un cigarrillo recién liado, sentado en su sillón preferido. Vaya enfado que cogía el buen hombre, no por el hecho en sí del corte, si no por el significado que para él, y para muchos como él, tiene el rabillo de la boina.
Recuerdo con gusto las procesiones de Semana Santa, viendo pasar esos tronos adornados de flores, con sus magníficas tallas religiosas, a los portadores y a los capirotes de las dos cofradías cartageneras más conocidas, los marrajos y los californios. Marcaban los capirotes el paso con total marcialidad, en sintonía con la música marcada por la banda que seguía cada trono.
La calle Mayor con su Casino y sus terrazas, donde nos gustaba pasear a toda la familia en cuanto mi padre disponía de tiempo y mi madre nos ponía a todos en perfecto estado de revista, bien arregladitos, como suele decirse. El paseo seguía hacia el edificio del Ayuntamiento, el submarino Peral junto al puerto, el paseo marítimo, el Club de Regatas y el castillo de Amilcar Barca, popularmente llamado el castillo de los patos.
Cuando no paseábamos con mis padres era mi abuelo materno quien nos sacaba al parque cercano e incluso a veces nos llevaba hasta la sucursal bancaria donde trabajaban mi abuelo paterno y mi padre, pasando antes por la iglesia de la Virgen de la Caridad, patrona de Cartagena.
En la misma casa en la que nací, vivían mis abuelos maternos Manolo y María, mis padres, mis otros tres hermanos y mis tío-abuelos Luís y Salustiana, hermana ella de mi abuela María. Recuerdo que era un segundo piso. En el primer piso vivía un médico de familia con su mujer, ama de casa y ayudante, y sus dos hijas, algo brutotas pero cariñosas y bien educadas.
Recuerdo que una vez me caí de cabeza desde el segundo piso hasta el rellano sin hacerme nada importante, cosa que desde entonces les sirve a mis padres para decirme cariñosamente que soy un poco cabezota. Y para ser justo he de reconocer que algo sí que lo soy, pero quien es perfecto en este mundo.
Cuando llegó el momento de trasladarnos a Madrid, éramos seis en la familia. Faltaba mi hermano pequeño, José Luís, quien nació en Madrid, en el hospital de la Paz, en noviembre de 1970.
Siempre llevaré en lo más profundo de mi memoria esta etapa de mi vida en Cartagena y la imagen de todos los que vivieron en torno a mi y la familia.